domingo, 12 de febrero de 2017

Café con pastas.

Nunca he sido forofa de las pastas de té, pero siempre las recordaré con especial cariño. 

Muchas de las veces que íbamos a visitar a mi abuela, nos tenía preparado un buen surtido de estas pastas para merendar. Yo prefería las magdalenas pero casi nunca había suerte. Aun así, que sencilla era la vida entonces. Tú único problema no era otro que discutir si comerte o no una pasta con sabor a anís rancio o montar una pataleta porque querías magdalenas recién horneadas de la panadería de al lado. 

Tal vez la vida es ahora igual de sencilla pero somos nosotros los que nos la complicamos. Cuando eras niña no pensabas, simplemente actuabas. Querías algo, pues a por ello. Sin más. Nuestro problema actual es que pensamos demasiado. Yo pienso demasiado, tanto que me quedo bloqueada y no consigo avanzar, únicamente consigo frustración y remordimientos por no haber sabido hacerlo. 

¿En qué momento caemos en el error de que la madurez es dejar de lado lo que hacíamos cuando éramos niños?

Punto y seguido.

Querido lector anónimo: 

No escribo para impresionarte. Ni para que te quedes por compromiso. Escribo por mí y por todos los que han sentido la necesidad de escribir en un momento de su vida para huir de todo y de todos. 

Todo lo que puedas leer aquí no dejan de ser reflexiones sobre experiencias vividas. Unas, muy repetidas, otras, no tanto. Pero como sea, a fin y al cabo, experiencias a fin de cuentas que nos ayudan a desarrollarnos como persona y a convertirnos en lo que somos ahora. En lo que tú eres ahora, mi querido lector anónimo. 

De igual forma, quiero escribir no sólo para auto-reflexionar sino para hacer un auto-razonamiento en voz alta. Tal vez sea cobarde pero, cuando se lo cuentas a alguien el peso disminuye. Cuando lo escribes, el peso desaparece. 

Un placer, amigo invisible.