Nunca he sido forofa de las pastas de té, pero siempre las recordaré con especial cariño.
Muchas de las veces que íbamos a visitar a mi abuela, nos tenía preparado un buen surtido de estas pastas para merendar. Yo prefería las magdalenas pero casi nunca había suerte. Aun así, que sencilla era la vida entonces. Tú único problema no era otro que discutir si comerte o no una pasta con sabor a anís rancio o montar una pataleta porque querías magdalenas recién horneadas de la panadería de al lado.
Tal vez la vida es ahora igual de sencilla pero somos nosotros los que nos la complicamos. Cuando eras niña no pensabas, simplemente actuabas. Querías algo, pues a por ello. Sin más. Nuestro problema actual es que pensamos demasiado. Yo pienso demasiado, tanto que me quedo bloqueada y no consigo avanzar, únicamente consigo frustración y remordimientos por no haber sabido hacerlo.
¿En qué momento caemos en el error de que la madurez es dejar de lado lo que hacíamos cuando éramos niños?